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La cosecha de soja terminó en los primeros días de junio con una producción magra, pero que superó las expectativas que había antes de iniciar la recolección del grano en las chacras.

En función de los datos de stocks y embarques hasta el cierre de mayo, se podía estimar una producción de entre 1,8 millones y 1,9 millones de toneladas.

Esto es cerca de la mitad de la cosecha de la zafra 2024/2025 que -dependiendo de las fuentes- estuvo entre 3,9 millones y 4 millones de toneladas.

A mediados de marzo, durante la Expoactiva Nacional, había estimaciones de cosecha de 1,5 millones a 1,6 millones de toneladas con potencial de ser aún menor.

Sin embargo, los mejores rendimientos de los cultivos de segunda apuntalaron el resultado final.

Si bien fue un fracaso productivo, estuvo relativamente lejos -a nivel país- del desastre de la seca 2022/2023, cuando la cosecha fue de 650.000 toneladas frente a los casi 2,8 millones de toneladas de la zafra previa.

Los precios para la campaña 2025/2026 fueron algo mejores que en la zafra previa, pero sin compensar los magros rendimientos en las principales regiones productoras.

Con la necesidad de cubrir ese rojo, los productores apostaron por el invierno con una intención de siembra que sería de las más altas en términos históricos, en torno a las 850.000 hectáreas (ver más en el análisis respectivo en esta misma edición).

Y ya sobre la mitad de junio se abren las proyecciones sobre cuál será el área de verano para 2026/2027, en base a las previsiones climáticas y de mercado.

Las primeras marcan un escenario positivo para soja y maíz, ante la consolidación de año Niño con un potencial de ser un episodio fuerte a muy fuerte. Y eso supone lluvias por encima del promedio durante la primavera y comienzos del verano.

El último informe del Instituto de Investigación del Clima de la Universidad de Columbia manejó una probabilidad entre 60% y 70% de precipitaciones por encima de la media para el último cuatrimestre del año.

Y esto alienta -salvo excesos- la probabilidad de rendimientos positivos para los cultivos de verano.

En principio, el maíz volvería a avanzar en términos de área debido a la firme demanda para la transformación de grano en carne.

La intensificación ganadera y también en la producción de leche elevó fuertemente el consumo interno de granos forrajeros.

Hay estimaciones que apuntan a un consumo que podría estar en torno a los 2 millones de toneladas anuales. Y que una producción de ese volumen tendrá demanda en el mercado interno sin tener que competir en el exterior.

Además, el cereal ha logrado en los últimos años elevar los pisos de rendimiento tanto por la genética como el aumento en el riego para los cultivos. Lo más probable es que el área de primera de maíz sea la que más avance.

Las perspectivas globales para el maíz 2026/2027 apuntan a una menor producción estadounidenses luego del récord de la campaña anterior.

Para América del Sur se apunta a cosecha relativamente similar con precios que no tendrían ajustes relevantes entre fines de 2026 y comienzos de 2027.

En la soja las proyecciones del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) manejan un aumento en la producción global en 2026/2027 y una expansión en el consumo que llevará a un volumen de stocks similares a la campaña previa.

En Estados Unidos la cosecha aumentaría algo más de 4 millones de toneladas, hasta 120 millones de toneladas, con un crecimiento también de la demanda que llevaría a un ligero descenso en los stocks.

Con las cifras manejadas por el USDA, el mercado tendría poco margen de fracaso. Y esto porque proyectan una relación stocks-consumo de 6,9% frente a casi 8% de 2025/2026 con el porcentaje más baja desde el ciclo 2022/2023.

Hasta mediados de junio la condición de los cultivos de soja estaba alineado con el promedio de los últimos años. Hay que tener en cuenta que el USDA prevé que en 2026/2027 se logre un rendimiento récord de 3.560 kilos por hectárea al igual que la zafra anterior.

Se trata entonces de un número relativamente ambicioso que puede quedar por el camino si las condiciones del clima no son positivas entre julio y agosto.

Para América del Sur el USDA prevé un nuevo aumento en la producción en Brasil, con estabilidad en Argentina.

Entre los analistas brasileños se apunta a una muy leve expansión del área para la oleaginosa.

Y es que, más allá del cierre del conflicto en Medio Oriente, no se prevé un escenario de normalidad en término de costos. Un ejemplo claro es el precio de los fertilizantes fosforados que continúan en precios muy altos sin seguir la baja de fines de mayo y junio en la urea.

Para regiones relevantes de Brasil -a diferencia de Uruguay y Argentina- un episodio del Niño puede traer lluvias por debajo del promedio. Solamente el sur brasileño se beneficiaría de precipitaciones abundantes si se cumplen los pronósticos un Niño fuerte.

Parece prematuro especular ya sobre posibles condiciones secas en estados clave de Brasil ya que -además- es un país-continente donde una zona puede compensar los problemas de otras.

Y sería aún más especulativo sobre cuál sería el desempeño de la demanda si la producción estadounidense y sudamericana es inferior a lo esperado. Por eso, en el corto plazo se debe esperar por el mercado “climático” de julio y agosto en Estados Unidos.

Si se confirman problemas productivos es posible que el área de soja sudamericana gane algo más de terreno.

En principio, para Uruguay la hipótesis más plausible es de estabilidad en la intención de siembra.


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Revista de la Asociación Rural - Ricardo Sosa

Director de Monitor Agrícola y Monitor Ganadero

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