Atomo Rural

Cuando hablamos de la ganadería uruguaya solemos concentrarnos en el precio del ganado, los frigoríficos, las exportaciones, los mercados internacionales o, más recientemente, en los corrales de engorde.

Sin embargo, hay una pregunta mucho más simple que casi nunca nos hacemos.

¿Dónde transcurre realmente la vida de un bovino uruguayo?

La respuesta ayuda a entender buena parte de la economía de nuestra ganadería.

Un novillo llega a la faena con aproximadamente dos años y medio o tres años de vida. Si pasa por un corral de engorde, permanecerá allí apenas entre 90 y 120 días. Es decir, alrededor del 10% de su vida productiva.

El otro 90% lo pasa haciendo otra cosa: transformando pasto en hueso, músculo y carne.

Y si ampliamos la mirada al rodeo nacional, la diferencia es todavía mayor. Las vacas de cría, las vaquillonas de reposición y buena parte de las recrías nunca pisan un corral. Toda su vida productiva depende del pasto.

Ese dato, tan sencillo, cambia la perspectiva.

Durante años hemos discutido con razón la importancia de los corrales de engorde. Son una herramienta valiosa, aportan eficiencia, permiten terminar animales y ayudan a responder a determinadas demandas del mercado.

Pero conviene ponerlos en contexto.

El corral termina un animal, mientras que el pasto lo construye.

El crecimiento del esqueleto, el desarrollo muscular, la reproducción, la producción de leche de la vaca y el crecimiento del ternero ocurren mucho antes de que exista la posibilidad de una terminación intensiva.

Por eso quizás la mayor inversión anual de la ganadería uruguaya no sea la que más aparece en las conversaciones.

Cada otoño el país siembra alrededor de 800.000 hectáreas de verdeos de invierno y mantiene más de 1,1 millones de hectáreas de pasturas permanentes. Detrás de esas hectáreas hay semillas, fertilizantes, maquinaria, combustible, alambrados, aguadas, reservas forrajeras, conocimiento y trabajo.

Una estimación preliminar permite pensar que Uruguay invierte del orden de US$ 400 millones por año para producir pasto. Distribuido sobre un stock cercano a los 12 millones de bovinos, representa unos US$ 33 por animal.

No parece una cifra extraordinaria cuando se mira un solo bovino. Pero, observada a escala país, probablemente sea una de las mayores inversiones que realiza todos los años la ganadería uruguaya.

Y, sin embargo, casi nunca analizamos su retorno.

¿Cuántos kilos de carne obtenemos por cada dólar invertido en pasturas? ¿Cuántos terneros más logramos por mejorar la oferta de forraje? ¿Cuánto aumenta la preñez? ¿Cuántos kilos más desteta una vaca? ¿Cuánta carne adicional produce una tonelada de materia seca?

Esas preguntas son tan importantes como el precio del novillo.

Porque la competitividad de la carne uruguaya no empieza en el frigorífico. Tampoco empieza en el puerto ni en los mercados internacionales.

Comienza mucho antes.

Empieza cuando una semilla germina, cuando una pradera crece y cuando un productor logra transformar ese pasto en más preñez, más terneros, más kilos destetados y más carne por hectárea.

Durante años hablamos de la economía de la carne.

Quizás haya llegado el momento de empezar a hablar de la economía del pasto.

No para reemplazar una discusión por otra, sino para recordar una verdad tan simple como contundente: durante cerca del 90% de la vida de un bovino uruguayo, el verdadero protagonista no es el corral.

Es el pasto que crece silenciosamente bajo nuestros pies.


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Ing. Agr. José Manuel Mesa Cacheiro

Asesor Técnico - Delegado de CNFR ante INAC

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