El lastre para el crecimiento
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Pocas cosas tienen tanto consenso en Uruguay como la necesidad urgente de incrementar la tasa de crecimiento de nuestra economía.
Con frecuencia vemos economistas, empresarios, políticos de todos los partidos manifestarse por esta problemática que está condicionando nuestro desarrollo. Tanto es que la puesta en práctica de una parte de las políticas públicas no es a través del superávit fiscal, que deviene de una economía en crecimiento, son por la vía del endeudamiento del estado uruguayo.
Sumado a eso, el optimismo desmedido de las estimaciones del equipo económico en sus proyecciones del porcentaje de crecimiento incluidas en las leyes de presupuesto y rendiciones de cuenta, que luego no se cumplen, terminan potenciando aún más los efectos negativos del bajo crecimiento.
Los “economistas políticos” han esgrimido muchos argumentos -excusas- para justificar nuestro problema de crecimiento, casi siempre la culpa es exógena. Por supuesto que hay factores ajenos al país que condicionan en parte nuestro crecimiento, como también lo aceleran. Entiendo que hay muchas acciones endógenas a hacerse, pero ni siquiera están en la autocrítica y, por lo tanto, no se encaran.
El déficit fiscal, el alto endeudamiento que esto mismo provoca, un estado sobredimensionado, monopolios, concesiones a sectores prebendarios, excesos de regulaciones, entre otras, son elementos que limitan nuestro crecimiento.
Hay otro factor más, para mi relevante, quizá con algo de subjetividad, y es la falta de conocimiento por gran parte de la ciudadanía de que somos un país agroexportador por excelencia. Pero el propio país lo resiste, lo reniega y, por ende, actúa al contrario de esa realidad. Ahora bien, los efectos, los daños que esta situación genera en la economía del país, no son para nada subjetivas, eso queda solo en la discusión abstracta desde el centralismo citadino de cómo quieren hacer creer que es el Uruguay, no hay dudas que esta visión, que se refleja en muchas políticas públicas, ha sido muy perjudicial al desarrollo del país.
Me refiero como principal causa de esta visión, la falta de competitividad de nuestra economía.
Los altos costos en los procesos productivos que padecemos en Uruguay afectan los resultados económicos de las empresas, especialmente en los sectores dedicados a la exportación, a su vez esta situación, condiciona el crecimiento del país, e influye negativamente en el desarrollo de muchas regiones del Uruguay, tan necesarias para retroalimentar el crecimiento.
Hace tiempo divido los problemas de competitividad en dos.
Una, es la que llamo “competitividad genuina”, y son las devenidas básicamente de la estructuración del país, políticas de estado y el propio ambiente del Uruguay: Las tarifas públicas -precio de las energías- que están sobrevaloradas; costos logísticos, que también son altos, porque no han tenido incorporación de nuevas tecnologías en transporte carretero y se ha descontinuado el transporte ferroviario; tarifas portuarias, de costos altos y con poca o nula competencia; la burocracia estatal que es un incrementador de costos; inserción internacional, recién ahora vemos resultados positivos; etc.
Si comparamos los valores de estos rubros con nuestros competidores en el mundo, en la casi totalidad de esas comparaciones somos más caros, por ello, en la parte genuina de nuestra competitividad estamos mal.
La segunda es la competitividad relacionada con la tasa de cambio, a lo que llamo “competitividad variable”.
Con esta división en la comprensión de la competitividad y remarcar la importancia de lo genuino, pretendo demostrar que ésta no se conforma solo por el valor de la tasa de cambio. Por supuesto que no, y ojalá, el precio del peso frente a las monedas extranjeras no tuviera impacto alguno en la conformación de la competitividad.
Pero, al contrario, en nuestro país lamentablemente la tasa de cambio tiene mucho más relevancia e impacto en las cadenas exportadores que en los países con los competimos en el comercio internacional.
Y esto se da, como lo describí más arriba porque no tenemos una adecuada competitividad genuina. Lo que hace que dependamos mucho para lograrla a través de la tasa de cambio. Y lo peor, no se vislumbran reformas estructurales en el Uruguay que corrijan las deficiencias de la parte genuina de la competitividad.
Así que, en competitividad variable también estamos mal, y lo es en la mayoría de los años, de los ciclos productivos, en todos los periodos de gobierno. Hay distintas formas de medirla, distintas comparaciones con otros países, hasta por el precio de la hamburguesa a nivel mundial, el hecho que, en todas ellas, históricamente estamos desalineados, lo que por cierto se traduce en un país más caro, bien más caro.
Y esto no es nada más que atraso cambiario.
Sumadas ambas partes de la competitividad, queda claro que carecemos de ella, está ausente, y esta falta de competitividad es el lastre para el crecimiento.
Si analizamos los períodos que logramos crecimientos mayores al magro promedio, son aquellos momentos que contamos con una mejor competitividad. Período de costos energéticos ajustados al valor internacional, momento en que el transporte ferroviario fue eficiente, puerto de costos razonables, pero lamentablemente dichos períodos no fueron muy extensos y sí, lejanos en el tiempo.
Por otra parte, luego de las devaluaciones, que obviamente terminan con el atraso cambiario, son periodos de crecimiento económico del país, es cierto que el momento de ese abrupto ajuste cambiario genera enormes perjuicios a la sociedad y la economía cae y mucho, es algo entonces que nadie desea, pero el no haber tomado acciones previas a esas devaluaciones, ocasionaron estos sucesos. Muchos aún recuerdan el año 1982 y casi todos tienen presente el 2002. Es por ello que es falso que peso fuerte, desalineado con el mercado es bueno para el asalariado, podrá serlo en un período donde se ha creado una burbuja económica con indicadores irreales, pero cuando esa burbuja explota, los más afectados son los que se creían estaban defendiendo y se veían en lo previo beneficiados.
Es entonces donde la sociedad toda, y en particular los jerarcas del gobierno de turno deberían no hacer caso omiso a las continuas advertencias que el sector exportador realiza al momento de padecer el atraso cambiario, como ahora, obviamente. Porque el ajuste en algún momento se va a dar y las consecuencias negativas ya se vivieron.
Este lastre para el crecimiento, la falta de competitividad y la incidencia de ella a través del manejo del tipo de cambio, como ya dije es recurrente en la política monetaria del país.
Pero el atraso cambiario como tal, buscado, estructurado lo conocimos a inicios de la década del 90.
Fue Ramón Diaz presidente del Banco Central que la ideó y aplicó. En principio como herramienta para combatir la alta inflación que vivíamos, por cierto, la causa era noble, ¿quién no desea vivir en un país con inflación baja? Pero lo que se pensaba era una política monetaria transitoria, coyuntural, se ha configurado en estructural, es por ello que los daños colaterales en la economía nacional, en particular la exportadora, son en muchos casos, irreversibles.
Esa práctica, de atrasar el dólar, de incidir y limitar su valor de mercado, no lo esperábamos de una persona que se autoproclamaba liberal. Porque no puede haber economía abierta, liberal, de mercado en un país exportador donde se impone el atraso cambiario. Muchos de los otros indicadores que mueven la economía del país quedan también a su vez intervenidos por el manipuleo de la moneda, alejándonos de los objetivos de libertad.
Esta perversa lógica de atrasar el cambio no solo limita el crecimiento de las cadenas exportadoras, también inciden en las empresas o emprendimientos que actúan en el mercado interno, estos deben competir con la importación de productos, que, gracias a un peso fuerte, les genera una competencia desleal.
Conocido por todos es la problemática que el atraso cambiario ocasiona en el turismo, un sector importante para el país, que emplea a mucha gente, que genera muchos servicios, pero que le cuesta crecer. Inclusive los uruguayos aprovechan su peso fuerte para viajar al exterior.
El Uruguay tiene enormes fortalezas para solventar un mayor crecimiento. Recursos naturales para producir muchos más alimentos, fibras, celulosa, etc., para incrementar el sector turístico; emprendedores dispuestos a incursionar en estos rubros y seguro otros no tan tradicionales; investigación nacional de calidad y preparada; mano de obra disponible, nuestra tasa de desempleo ha bajado, pero sigue siendo alta, si habrá que capacitarlos; una infraestructura de país buena, rutas, tendido eléctrico, comunicación.
Es una pena que un país con estas fortalezas no sepa aprovechar todas las oportunidades que puede aspirar por no encarar seriamente y en profundidad sus problemas de competitividad.
Nuestros malos indicadores los resolvemos con crecimiento. La pobreza, la distribución de la riqueza, la calidad de vida, todo está relacionado con que el Uruguay aumente su actividad, más producción, más empresas, más servicios, más trabajo.
Hace meses que parte de la discusión política es solucionar los problemas en la infancia y adolescencia. Litros de tinta se han gastado escribiendo análisis, diagnósticos, proyectos, y la situación no sale de la teoría, porque esto no se soluciona de atrás para adelante, no es poniendo la carreta delante de los bueyes que llevaremos la carga a destino.
Para cumplir con estos objetivos, que todo el país coincide, todos queremos sacar a los niños de la pobreza, primero debemos generar recursos genuinos a través de más desarrollo y crecimiento.
El Uruguay necesita crecer y para crecer debemos ser competitivos, erradiquemos el atraso cambiario y eliminamos el lastre para el crecimiento.
Artículos del autor: Centralismo ¿causa o consecuencia?
Ex Presidente de la Asociación Cultivadores de Arroz