
Hace pocos días nos enfocamos en la caída del número de tamberos, fundamentalmente por el abandono del negocio lechero por parte de las nuevas generaciones. No hay recambio generacional. Entre otros motivos, mencionamos oportunidades laborales menos sacrificadas, bien remuneradas y cerca del ruido de la ciudad, falta de escala, un negocio poco atractivo y varias razones más. También señalamos que, por ahora, la producción total sigue creciendo: los grandes productores son cada vez más eficientes.
En esta oportunidad, haremos foco en el “gran problema”: la relación con el sindicato. Estas últimas semanas se volvió a complicar, aunque en realidad nunca dejó de estarlo. Esta vez, se debió al cierre de la planta de Rivera que viene dando pérdidas hace tiempo. El motivo del conflicto es secundario: nunca le faltan razones al gremio para hacer un paro. Un ejemplo de ello es que en el pasado llegaron a niveles de confrontación altísimos por defender y reincorporar a un funcionario -cosa que lograron- que había sido despedido tras demostrarse fehacientemente que robaba a la empresa. Sin duda, una relación tóxica.
La amenaza es permanente y mal que le pese a los sindicalistas -que intentan negarlo-, afecta directamente a los tamberos. Les pega bajo la línea de flotación. La incertidumbre que provocan estos paros conspira contra la continuidad del negocio, desalienta, sobre todo a nivel de pequeños productores familiares. Nada es más frustrante que ordeñar con la duda de si vendrá o no el camión a levantar lo producido.
Los sindicatos pueden sostener que no se ha tirado leche durante los conflictos, cosa que sí ocurrió -un porcentaje bajísimo-, pero se tiró, y solamente con la amenaza y la duda, al tambero se le caen los brazos. Porque ordeñar, hay que ordeñar, todas las vacas, de la primera a la última, de lo contrario, se enferman y, para peor, el producto de ese trabajo, es perecedero.
Ya se comenzaron a escuchar voces de productores socios de la cooperativa, reclamando que se estudie la posibilidad de abandonar o limitar la industrialización de algunos productos. Menos del 30% de la leche se transforma para el mercado interno para producir yogurt, queso, dulce de leche o helados. La mayor parte se exporta como leche en polvo -con el menor agregado de valor posible- solo se deshidrata. Puede llegar a ser toda la producción. No será ahora; el tiempo dirá cuándo.
Pasó en las textiles, que de producir prendas terminadas se limitaron a solo acondicionar la lana para exportar; está ocurriendo en las curtiembres que salan los cueros bovinos para que sean industrializados en el exterior o, un paso antes en la cadena, pasa en los propios frigoríficos con los cueros de corderos que -por falta de interesados en industrializarlos- pagan para que sean triturados y enterrados para minimizar el daño ambiental y así perder lo menos posible.
Se pueden reclamar mejoras de salario y condiciones laborales, hay leyes que amparan ese derecho y es bueno que así sea, pero se debe recordar que cada vez que se toma al productor de rehén, se está atentando contra la propia fuente de trabajo, ya que sin leche no habrá industria y sin industria, solo habrá cenizas.
