
Una de las preocupaciones que más se escuchan de parte de las gremiales rurales refiere a la sistemática desaparición de tambos. Tendemos a creer que se trata de un fenómeno local, pero cuando estudiamos las estadísticas de países tradicionalmente productores y exportadores de leche como Nueva Zelanda, Sudáfrica, EEUU, Australia o Argentina, nos encontramos con situaciones similares y en algunos casos, mucho más marcadas.
En los últimos 25 años, en todos ellos desaparecieron miles de explotaciones lecheras, pero esto no redundó en un estancamiento o caída de la producción. La escala, sumada a la intensificación, permitió crecimientos de la producción sostenidos e importantes. Solo Argentina, que todos sabemos por las que pasó, mostró una caída del 70% de sus tambos y no creció; y Australia, que también perdió casi el 70% de las explotaciones, bajó su producción un 10%, pero desde números iniciales muy altos.
El resto perdieron cantidades similares o mayores de remitentes, pero aumentaron significativamente sus producciones. Nueva Zelanda perdió el 20% y aumentó 80% la producción. En Sudáfrica fue mucho más violento el cambio; perdió el 92% de sus productores y aumentó el 60% la leche, seguramente en un proceso en el que influyeron otras variables. EEUU perdió el 73% de sus explotaciones lecheras y aumentó un 35% su producción total desde niveles que en el 2000 ya eran altos.
Por su parte, desde el año 2000 Uruguay perdió algo más del 40% de sus productores, mientras crecía su volumen de leche un 40%. Con esto no queremos justificar o minimizar el problema, y alguno podrá pensar en citar el refrán “mal de muchos consuelo de tontos”, pero resulta claro que la inexorable migración de la gente del campo -de todos los rubros agropecuarios- a las grandes ciudades, los aumentos de costos que solo pueden ser absorbidos con más escala, las oportunidades que tienen los jóvenes de desarrollo en otros rubros y un negocio que exige una dedicación total y pocas oportunidades de esparcimiento, resulta un combo imbatible que da por tierra con la necesaria renovación generacional y, lo que es más duro, parece ser un proceso irreversible.
