
Hace un tiempo, un amigo me dijo “el problema en nuestro país es la procrastinación”, una palabra que suena tan fea como su significado y por eso entiendo que es la correcta. Su verbo es procrastinar y es, de acuerdo con la Real Academia Española, la acción o el hábito de diferir, aplazar o posponer tareas o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras más irrelevantes o agradables.
Debo reconocer que no la tenía en mi vocabulario, pero desde ese momento vuelve a mi mente con frecuencia cuando percibo la acumulación de estudio tras estudio, consultoría tras consultoría, de diagnóstico tras diagnóstico y como respuesta: nada. No resolvemos, ni lo intentamos. No es un problema de este gobierno, sino endémico de la administración pública. Este modo de actuar tiene un nombre muy preciso en la literatura de gestión pública: parálisis por análisis.
Hay problemas que resisten ser ignorados, otros no. La procrastinación institucional respecto de la garrapata, no resiste más. Mientras el tiempo pasa, aumenta el riesgo por malas prácticas, exponiendo a la industria frigorífica y al país a importantes pérdidas económicas y de prestigio, mientras el productor, desbordado por el problema, ve aumentar sus costos sanitarios y pierde animales por tristeza. Todo mal.
Lo que se puede implementar desde un escritorio, se hace. Se redactan nuevos decretos, otros se derogan, se endurecen algunas normas, se flexibilizan otras, se buscan responsables y culpables, mientras el trabajo coordinado de campo sigue sin implementarse.
Hace falta un plan de acción con objetivos claros y medibles, de corto, mediano y largo plazo. El trabajo debe ser estructurado metro a metro, predio a predio, seccional a seccional, hasta lograr detener el avance como primer objetivo y controlarla -no pretendamos erradicarla por ahora- en segunda instancia.
Para esto, el productor necesita apoyo de las autoridades, cercanía, información, asesoramiento y coordinación. Trabajo en equipo. Con amenazas, sanciones, denuncias y prohibiciones será difícil avanzar. La gente se retrae, esconde el problema e intenta solucionar a su manera, “sin hacer ruido”, evitando las mil complicaciones que implica la intervención del MGAP.
La esperanza a largo plazo está depositada en la ciencia. El programa de edición génica de la garrapata del Pasteur e INIA, sigue adelante junto al de la mosca de la bichera que está muy avanzado. Se investiga también en controles biológicos con alguna especie de hongo y obviamente en vacunas. Hay que seguir apoyando la investigación con foco en los problemas reales.
Mientras tanto, urge actuar. Falta poco para agosto y la primera generación de garrapatas del año. Los recursos del programa de erradicación de la mosca de la bichera fueron a parar al MGAP, por ley de presupuesto, destinados al Plan de Sanidad Animal. Esperemos que no se trate de otra iniciativa hueca y de una vez por todas se implemente una estrategia con objetivos claros y medibles. No más diagnósticos, no más procrastinar.
Conrado Ferber Artagaveytia
Ex Presidente de INAC
