Atomo Rural aftosa

El rodeo brasilero va lentamente perdiendo la inmunidad de rebaño contra la fiebre aftosa. Esa inmunidad nos permitía estar más tranquilos respecto a un posible reingreso de la misma a nuestro país. Una región libre y vacunada era el mejor escenario. Hace un tiempo atrás, nuestro vecino tomó la decisión de ir por los mercados no aftósicos y para eso optó por la vía más riesgosa, dejar de vacunar. En ese proceso, las nuevas generaciones sin inmunidad van reemplazando año a año a las que aún la conservaban.

Uruguay ya supo recorrer ese camino en los noventa y el resultado fue catastrófico. Al séptimo año aparecieron los primeros casos en Artigas, se aplicó rifle sanitario, se inmovilizó el país, pero el avance del virus resultó imparable y finalmente debimos volver a vacunar. Nuestros principales mercados se cerraron de inmediato en un proceso traumático y económicamente durísimo.

Hoy, Uruguay es un país libre de la enfermedad que eligió seguir vacunando, entendiendo esto como un seguro extra para nuestros ganaderos y nuestros mercados.

Obviamente esta condición -libre con vacunación- no era posible en el pasado, ya que, si en destino detectaban anticuerpos del virus en la carne recibida, no diferenciaban su origen, que podía ser de campo, lo que implicaba que la enfermedad estaba circulando, o de laboratorio, consecuencia de la vacunación. Hoy, con los avances de la ciencia, esto se determina con facilidad. Seguir segregando proveedores que vacunan y están libres del virus es una decisión comercial válida, seguramente basada en la desconfianza. Pretender encontrarle un motivo técnico, es una picardía.

Brasil limita al norte con Venezuela, donde todos los informes internacionales sostienen que el virus está circulando y -en caso de intentarlo- llevará varios años su control. Eso, sumado a la corriente migratoria hacia el sur, representa un riesgo enorme, más allá de la seriedad con la que trabaja nuestro vecino en vigilancia epidemiológica. Sería irresponsable ignorar el riesgo, pero aún peor sería no estar preparados para la contingencia.

Existen protocolos de acción previstos para ser aplicados y así protegernos en caso de una eventual reintroducción, pero sería bueno realizar simulacros periódicos ya que las autoridades involucradas van cambiando y el paso del tiempo va anestesiando los reflejos.

Nos consta también la vigilancia epidemiológica que se realiza a nivel de campo, con controles continuos sobre categorías que no han recibido su primera dosis, lo que se suma a la majada que nunca ha sido vacunada y actúa como centinela.

Por otro lado, deberíamos ser mucho más exigentes con la calidad de las vacunas que utilizamos, ya que al final del día, en caso de una crisis, todo dependerá de ellas y de la seriedad con que hayan sido aplicadas. La capacidad de control del MGAP solo nos permite saber qué virus controlan, pero no podemos conocer la potencia de las mismas, extremo este que certifican los propios laboratorios de origen.

Por último, deberíamos tener un banco de antígenos que nos permita acceder a los virus regionales más comunes, pero fundamentalmente a los que circulan en Asia, África y últimamente en Europa, ya que, en caso de una crisis regional, sería casi imposible acceder a vacunas antes que Brasil y Argentina.

Esperemos que todas estas precauciones resulten exageradas, pero Uruguay no puede darse el lujo de correr riesgos en este sentido. Debemos aprender de los errores del pasado.

Conrado Ferber Artagaveytia

Ex Presidente de INAC

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