
En 2015 se determinó que el control de la fauna silvestre pasara de la Dirección General de Recursos Naturales Renovables (RENARE) del Ministerio de Ganadería Agricultura y Pesca a la órbita del entonces MVOTMA (Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente). Finalmente, tras la creación del Ministerio de Ambiente en 2020, la función se le asignó a éste. Por último, se creó el INBA (Instituto de Bienestar Animal) dependiente del MGAP. En definitiva, no le faltan ni institucionalidad ni recursos a los animales domésticos y la fauna silvestre.
Con todos estos cambios y con la experiencia que se va acumulando, parece ser que la protección de algunas especies está por encima de otras. Para ejemplo alcanza con ver la situación de los perros, grandes beneficiados con estos cambios. El “colectivo” canino ganó la consideración de las autoridades sobre la oveja, diezmando majadas a lo largo y ancho del país, provocando frustración e incluso, el abandono del negocio por parte de muchos productores. No entender la diferencia entre un perro doméstico, con sus instintos dormidos (que cada poco vemos que despiertan y provocan una tragedia) con un perro fuera de control, que se mueve en jaurías y que da rienda suelta a sus conductas primitivas, raya con la necedad.
Así como existe una norma que lo ampara a la hora de instrumentar un plan de control de la cotorra para preservar el negocio agropecuario de granjeros y agricultores, la ley de Bienestar Animal Nº 18471 del 2009 habilita al INBA (MGAP) a tomar el toro por las guampas e instrumentar un plan para eliminar estos perros que recuperaron conductas propias de la vida silvestre.
El proceso de castrado iniciado durante la administración pasada, apuntaba a bajar la población y evitar, en un futuro, el abandono de animales que, desamparados, vuelven a la vida salvaje. Un camino largo que no solucionó nada. Mientras tanto, las jaurías continuaron reproduciéndose en los montes y basureros municipales a lo largo y ancho del país. Lamentablemente, sobre este tema se ha dicho mucho y se ha hecho poco.
Si bien son los más visibles; los perros, las ovejas y las cotorras, no son los únicos. Tras la casi desaparición de la oveja del sur del país y las prohibiciones y multas previstas para los cazadores, se abandonó el control de las poblaciones de zorros y caranchos, otros ganadores dentro del nuevo orden. Ignoramos cuál es el número ideal, pero resulta claro que se están multiplicando muy rápido. Alcanza con ver la disminución de la población de liebres, perdices, gallinetas y teros -por nombrar a los más notorios- para darse cuenta quién perdió. Hoy en día, ver zorros es algo cotidiano, cuando, hasta hace algún tiempo, era una casualidad.
En otros países con más población y mayor presión humana sobre la fauna silvestre, las autoridades estiman la población de equilibrio, conocen las fechas de reproducción y se reglamenta -sin prohibir en la mayoría de los casos- la explotación o caza de la especie. De esta forma, se mantiene el equilibrio con otras poblaciones que, de no hacerlo, desaparecen o migran.
Es importante que la institucionalidad antes mencionada asuma su responsabilidad y tome las medidas necesarias para retomar los equilibrios de nuestra fauna silvestre y por supuesto, de la creciente población de perros asilvestrados. No se trata simplemente de prohibir. Debemos asumir que el humano es parte del ecosistema y tiene una tarea para cumplir.
Es cómodo, fácil y electoralmente conveniente optar por lo políticamente correcto, pero la función de gobierno requiere de otro compromiso.
Conrado Ferber Artagaveytia
Ex Presidente de INAC
